cuando llueve en Madrid en Coruña a veces hace sol y la tumba del fascismo será en muchos lugares

Estuve en la manifestación de Madrid por la vivienda. Fue como volver atrás en el tiempo, a tantas y tantas manifestaciones que vivimos en aquellos años posteriores al 15-M. Guardo con especial cariño en el recuerdo las manifestaciones feministas, apretadas las unas contra las otras, con la cara pintarrajeada de morado y sujetado pancartas que habíamos diseñado unas cuantas tardes antes, en una mesa sobre la que descansaban rotuladores, cartones, tazas y miguillas desperdigadas.

En aquellos tiempos usaba activamente Twitter para compartir noticias y reflexiones y en las manifestaciones realizaba una cobertura casi al momento de lo que iba sucediendo. Si no había buena conexión a internet durante la marcha, dedicaba después unos minutos —en el autobús de vuelta, o de pie en una esquina despejada— para compartir algunas fotos y vídeos junto a algún hashtag y proclama escuchada durante la manifestación.

En vez de Twitter ahora tengo perfil en Bluesky y Mastodon, pero no tengo las apps instaladas en el móvil, así que no podría realizar una cobertura al minuto de nada aunque quisiera. De hecho, lo que ocurre es que ya no quiero hacerlo. Cuando veo cómo se desliza un «última hora» por la cabecera de un medio digital se me revuelve un poco el estómago recordando la cantidad de veces que fui la encargada de alimentar esa riada con la última declaración, el último suceso, el último desaire.

Creo que pocas cosas merecen una cobertura al minuto. Creo que la gran mayoría de las veces no pasa nada por contarlo un ratito más tarde. Que, de hecho, sería mejor digerir un poco antes de contar. Pero el mercado tiene otros ritmos, y esto de la urgencia, la inmediatez y ser los primeros es cuestión de competencia y mercado.

Hacía tiempo que no vivía una manifestación tan multitudinaria y me emocionó. Reconozco que las manifestaciones de ese calibre en Madrid son impresionantes. Subir o bajar la Gran Vía, o recorrer el Paseo del Prado casi sin poder avanzar, gritando al unísono, sacudiendo las manos —o las llaves— remueve a cualquiera. Al terminar fuimos a Sol —habíamos intentado ir hacía unos días pero fue imposible pasar de la cantidad de gente que había— y paseamos por el perímetro de la acampada. Algo así remueve a cualquiera. Da esperanza y le sube la moral a cualquiera.

Cuando llegué a casa entré en Bluesky y Mastodon y dudé si postear alguna imagen de la marcha, pero me sucedió algo. En estas redes sociales la mayor parte de la gente a la que sigo y con la que me sigo vive o tiene relación con Galicia o habla en gallego. Durante un rato estuve viendo fotos de la acampada de Santiago, de la manifestación de Coruña o de Vigo. Algo así remueve, da esperanza, le sube la moral a cualquiera.

Me di cuenta de qué podría postear una foto para decir «estuve aquí», pero que compartir una foto de la manifestación de Madrid no tenía más valor que ese, decir, «yo estuve aquí», que a la gente que sigo probablemente no le aportaría nada ver una imagen de esa manifestación.

Y no porque no fuera impresionante o importante, sino porque cualquiera que ponga un telediario o que abra un periódico o que entre en redes sociales verá una imagen de la manifestación de Madrid. Postear una foto de una manifestación en un lugar que solo va a lograr, si acaso, captar la atención de los medios regionales, o colarse en una galería de «así fue la manifestación en otros puntos de España», tiene el sentido de mostrar que eso está sucediendo. Pero no es así con Madrid porque «cuando llueve en Madrid llueve en todas partes».

Tuve que salir de Madrid para entender bien esa frase, y el cansancio que produce ver de continuo noticias que hablan como si fuera la norma de un lugar que poco o nada tiene que ver con aquel en el que vives. Que los atascos son los de Alfonso Molina y no los de la M30. Que los estrenos relevantes son los de los Cantones Cines y no los de Cines Princesa. Que a veces llueve en Madrid y en Coruña brilla un sol brutal. Que Madrid ni es el puerto de Galicia, ni tiene playa. Que la periferia de un lugar es a la vez el centro de otro mundo y que el supuesto centro del mundo no lo sería sin sus llamadas periferias. Que la tumba del fascismo será en muchos lugares.

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