tengo 33 soy jesucrista superstar

Este otoño he cumplido 33 años y con ello superado la edad que llegó a ver mi madre. La recuerdo como una mujer adulta. Como en el colegio, cuando me cruzaba en el patio con chicos y chicas de secundaria y parecían todos tan mayores, tan resueltos, tan vestidos y peinados de una manera que parecía adulta.

Cuando alcancé esa edad me di cuenta de que algo fallaba, no me sentía de esa manera, no me veía como los había visto a ellos y ellas entonces. Y cuando superé esa edad y miré atrás, cuán tiernas me parecieron esas carnes. Ahora, me miro al espejo y la misma distorsión se repite. Carne tierna.

Mi madre no llegó a ser nunca jesucrista superstar. Así se titula el último disco de Rigoberta Bandini. En un tema canta «tengo 33 soy jesucrista superstar». Una de mis mejores amigas me felicitó el cumpleaños así, recordándome que ya soy «jesucrista superstar». En agosto despedimos juntas su año de los 33; una tarde cantamos el disco entero con las ventanillas abiertas en las proximidades del fin del mundo.

«Si acaso la vida no se extiende de manera lineal, puede que ella se descubra a sí misma al doblar una esquina», escribe Han Kang en Blanco. Un día, hace años, mientras preparábamos la comida en la cocina, mi abuela me dijo que aún se sentía próxima a la chica de 19 años que estaba a punto de entrar en una discoteca con mi abuelo. Como si el tiempo no hubiera pasado. Como si se hubiera despertado un día y hubieran pasado 50 años de un plumazo.

Pensaba que hacerse mayor se sentiría de otra forma, que te darías cuenta, que te sentirías, de alguna forma, adulta, y que eso iría ligado a un tipo de seguridad, resolución o calma interior y, sin embargo, la carne, tierna.

En otro tema Rigoberta Bandini canta: «Soy mayor, ya hace rato, pero el mundo me da el mismo miedo que a los nueve años». En los diarios que escribía de niña —recuerdo uno azul, con cubierta mullida y cerrojo con llavecita que escondía pegada con celo en el fondo de un cajón— se repetía una idea, casi obsesiva: «Me gustará leer esto cuando sea mayor». 

Hubo una época en mi adolescencia en la que me divertía poner la webcam del ordenador a grabar cuando estaba con amigas en casa. Al rato nos olvidábamos de que la cámara estaba grabando y después veíamos el vídeo y nos partíamos de la risa viéndonos a nosotras mismas siendo nosotras mismas. Nos sorprendíamos de nuestros propios gestos y forma de hablar.

Este verano pasé también unos días con dos amigas de aquella época, amigas del barrio, de toda la vida. Una noche preparamos cena, pusimos el portátil sobre la mesa, conectamos el disco duro y abrimos las carpetas que contienen aquellos vídeos y otras muchas fotos de la época —menos mal que entonces no existían las redes sociales tal y como son ahora—.

Ya habíamos revisitado esos vídeos en otras ocasiones, pero esa noche la imagen de mí misma me interpeló de una manera diferente. Esperaba ver a una chica muerta de miedo, y en cambio me encontré con una chica que transmitía alegría, fuerza y gracia, a pesar de estar muerta de miedo. Me reconocía en aquella cara, y al mismo tiempo me parecía una desconocida. Podrían haber pasado 5 o 20 años, quién sabe.

La misma sensación que me produce leer mis propios diarios: como si leyera a otra, a una desconocida, y a la vez a una otra que se siente amiga. A veces me sorprendo, y a veces digo «ah ya sé, es cierto que yo ya sabía esto». Leer esas páginas se siente por momentos como doblar una y otra vez la misma esquina.

Hay patrones que se repiten, las mismas ideas, las mismas frases, los mismos miedos, y a la vez creo advertir —página a página— la lenta formación de estratos compuestos por pequeños guijarros que son cada nueva decisión y aprendizaje. Carne tierna, pero también fascia, también hueso, también piel que muere y se renueva en un ciclo constante a lo largo de toda la vida.

«Había llegado hasta allí imitando el andar de las personas que nunca se habían desmoronado. Había tapado las partes no cosidas con velos limpios a manera de remedio. Había olvidado las despedidas y los duelos. Había creído que, si confiaba en que no estaba rota, no seguiría desmoronándose. De modo que le quedaban las siguientes cosas por hacer:

Dejar de mentir.

(Abrir los ojos) y descorrer el velo.

Encender una vela por todos los muertos y espíritus por recordar —el suyo incluido—», Hang Kang. 

“No soy una mujer de 32 años”. Al día siguiente de cumplir 33 vi de casualidad este capítulo de Los Simpsons 😀

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