Recuperar la alegría después de un bajón (en formato epistolar)

¡Hola amiga querida! ¿Cómo estás? Espero que mi carta te encuentre en buen momento, sentada en un sitio bonito, puede que con una taza de té o café en el regazo.

Te cuento que vengo de pasar unos días de sentirme muy triste. Pillé una gripe, tuve fiebre y mucho dolor muscular y escalofríos; y una tos perruna y una debilidad que aún no he logrado sacudirme del todo. Y tristeza. De repente me sentí muy triste y desesperanzada. Hasta lo busqué en Google: «Gripe sentimiento de tristeza / Covid sentimiento de tristeza»; pero no encontré ninguna respuesta que me satisficiera, tampoco en la vista generada automáticamente por la IA.

Supongo que simplemente estaba floja, con las defensas bajas, llevaba muchos días metida en casa y además se me acabó Aquí no hay quien viva. Tenía ganas de revistarla y en los días de estar mala me ha acompañado mucho. Casi no era capaz de hacer más que estar tumbada y, claro, con tantas horas de sofá… ¡acabé con todos los capítulos!

Acabarla me puso tan triste que estuve viendo los vídeos que tiene Esther Díaz Rey sobre la serie para intentar alargarla un poco más. En el dedicado al actor José Luis Gil recoge un fragmento de una entrevista en la que decía que en la vida no hay que arrepentirse de nada, ni siquiera de lo malo, porque lo malo nos enseña y también nos recuerda qué es aquello que no queremos repetir. Como el sabor amargo que te indica que un alimento está en mal estado para que no lo vuelvas a comer.

«Lo bonito es llegar a cosas buenas porque has pasado por malas, y como no quieres volver a pasar por esas cosas malas… entonces las evitas. Si no pasas, siempre te queda la tentación de “y si no lo hago qué pasa….”. Yo no quiero olvidar nada, quiero recordarlo todo, hasta el final».

Y es verdad que en ocasiones te puedes arrepentir de alguna cosa, pero luego te das cuenta de que si no hubieras vivido esa experiencia igual no habrías llegado a un lugar al que ahora agradeces haber llegado.

¿Te ha ocurrido? A mí me pasa continuamente, en cuanto me quiero arrepentir de algo salta una voz que me dice: «Ya, sí, pero de no ser por aquello ahora no estarías en esto que te gusta, o no habrías descubierto tal historia, o aprendido esto otro…».

Y después también sucede que hay errores que lo son en un momento dado, o desde un punto de vista, pero con el tiempo, o desde otra perspectiva, no lo son tanto, e incluso se acaban convirtiendo en suertes. ¿No te parece brutal esto?

Esto también me recuerda a algo que me dijo un día O., sobre «evitar repetir algo porque no te quieres volver a ver a ti misma en una situación concreta», y sobre todo, porque «no quieres recordarte después de esa manera».

No sé… puede que solo haya que arrepentirse del daño que hacemos a otras personas ―y del que nos hacemos a veces a nosotras mismas―, para que ese arrepentimiento nos lleve a intentar reparar el daño, aprender de lo sucedido, y actuar de otro modo.

En fin, te escribo desde casa de A., he bajado unos días a Madrid, ¡tenía muchas ganas! Conduciendo por la A-6 ―¿puede una carretera sentirse hogar?―, iba escuchando a Fiona Apple, mientras el sol caía en el retrovisor, y la Sierra de Guadarrama se iba dibujando poco a poco en el horizonte, y de repente me he dado cuenta de que me encontraba mejor, más alegre, como si todo se acomodase de nuevo.

A veces la tristeza es como una capa de polvillo. Somos como una habitación que hay que ventilar, como una sábana que hay que sacudir. ¡Hay que acordarse de ventilarse y de sacudirse a una misma! Salir de casa, ver a gente, hacer alguna cosa que nos guste…

Bueno, amiga, ya me cuentas cómo estás tú, cómo se te va acomodando la vida. Espero que estés bien y, si no, que poco a poco vuelvas a sentir que lo estás. ¡Recuerda limpiar la capa de polvillo!

Un abrazo enorme, te quiere,

Laura.

pd.: te mando una foto de hace unos días en el Castro de Baroña. ¡Besitoos!

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