Hay tantos libros, historias, relatos, ideas, imágenes, vídeos tanto de todo, y aún así: como nos recordaba Gloria Fortún siempre, solo nosotras, cada una de nosotras, podemos narrar nuestra particular visión del mundo.
No dudo que necesitemos los relatos de las demás. Para mí, últimamente, la duda es en qué formato recibirlos y hacerlos llegar para no ahogarnos, porque ya hay un claro exceso de agua en estos campos virtuales y la humedad acumulada produce moho. La duda no es si narrar, si no como hacerlo para que nos resulte nutritivo. Eso es lo que quiero saber, y aún no lo sé.
Pienso esto mientras paseo por una librería entre cientos de títulos. Antes, en un café, repaso unas fotos que hice con la cámara a principios de verano, cuando fuimos a escalar a un acantilado y nos hicimos fotos con la luz preciosa del atardecer –en la mesa de al lado unas chicas, una frente a la otra, miran en silencio cada una su propio móvil–.
Son tan bonitas –las fotos– que me entran ganas de publicarlas, pero me pregunto antes para qué. No quiero demostrar que hago cosas, que vivo –que escalo–, y no quiero vivir –escalar– para demostrar que vivo –que escalo–.
Me gustaría ser más espontánea pero al mismo tiempo siento que está bien hacerse estas preguntas. O no puedo evitar hacérmelas.
–Dejé el Twitter de Musk pero sigo en el Instagram de Zuckerberg. Me retuerce el estómago esa hipocresía–.
Hasta que lleguen las respuestas –si llegan– compartiré las preguntas.
// En las fotos: A. recogiendo la cuerda al final de la jornada y tapando con su cuerpo el sol a punto de ponerse; mi sombra sobre la roca; el paisaje de vuelta al coche.


