Por orden: dos fragmentos del libro La montaña viva, de Nan Shepherd; una idea de Úrsula K. Le Guin; y un vídeo de la escaladora Ashima Shiraishi (que me hablaron de maneras complementarias).
Aquí, pues, puede vivirse una vida de los sentidos tan pura, tan virgen de toda forma de comprensión que no sea la de éstos, que podría decirse que el cuerpo piensa. Cada uno de los sentidos, elevado a su conciencia más exquisita, es en sí mismo vivencia completa. Ésta es la inocencia que hemos perdido, la de vivir una cosa cada vez para vivir de verdad hasta el final.
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En estas rendijas de las montañas, la forma de proveerse de las necesidades básicas sigue siendo lenta, laboriosa y personal. Sacar el agua del pozo, sin que haya siquiera una bomba entre su resplandeciente transparencia y tú, partir las ramas que has recogido en el bosque, hacer un fuego y poner en él la olla… Hay una satisfacción profunda y constante en estos gestos sencillos. Pienses conscientemente en ello o no, estás tocando vida, y algo dentro de ti lo sabe. Me invade una sensación de honda alegría cuando me inclino para bajar el cubo. Pero, de todas formas, sé que, al vivir así, estoy ralentizando el ritmo de la vida; si tuviera que hacer estas cosas a diario y todo el tiempo, estaría cerrándoles la puerta a otras actividades e intereses, y comprendo por qué a los jóvenes les molestan.
No todos los jóvenes quieren escapar. En absoluto. Algunos sienten auténtica devoción por estos lugares agrestes y no piden nada más que pasar su vida en ellos. Heredan los talentos de sus padres y, a veces, los amplían. Otros son inquietos, reniegan de las condiciones de vida primitivas, desprecian la lentitud de las viejas costumbres y creen que elogiarlas es caer en el sentimentalismo. Éstos se marchan. Sin embargo, se llevan los talentos con ellos (algunos, al menos) y, en el mundo exterior, descubren cómo injertar nuevos talentos de muchos tipos en sus propias raíces salvajes. Una triste proporción quiere trabajos de oficina y pierde el carácter polifacético de sus padres. Pues los jóvenes son como los viejos, diversos como siempre ha sido y seguirá siendo la naturaleza humana, y aquí arriba la vida está llena de amores, odios, celos, ternuras, lealtades y traiciones, como en cualquier otro sitio, y de muchísima felicidad rutinaria.
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Hay algo en las piedras… son una entidad pequeña que tienes entre las manos, pesan, existen, tienen color, tienen dignidad, y vivirán mucho más que tú. Es increíble tener una cosa entre las manos que no sabes cuántos años tiene, algo que es una entidad.
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Cuando tocamos la roca, nuestro cuerpo se está agarrando a algo ancestral […] Pero cuando tocamos la roca debemos prestar atención, y escuchar. Nos estamos agarrando a algo ancestral, pero lleno de vida. Nos volvemos insignificantes. Solo un parpadeo en la gran escala temporal geológica.