Conocerse a una misma (en el Camino de Santiago), conversar en el cuerpo, y encontrar un lugar en el que “dejar fuera a la noche”

Auch. De madrugada un dolor agudo en el corazón del codo me saca de golpe de un sueño poco profundo. Me hago medio consciente del dolor, estiro el brazo, duermo lo que queda de noche a trompicones, sumergiéndome y emergiendo de nuevo, intentando en cada momento de vigilia mantener el brazo estirado.

Con la llegada del día el dolor se vuelve a la vez más claro, adquiere realidad y consistencia. Escribiré: “Todo es cuerpo, todo sucede en él, y a través de él”. Por el codo pasan: la escritura a mano en superficies pobres; las series de dominadas; los pegues —una y otra y otra vez— en el bloque de hace unos días; las clases de pandereta —el ana-come-pan y el plátano-plátano-plátano—; la tensión del brazo estirado en cada punto de baile; el ratito cortando zanahorias para el pollo con zanahorias.

Me pregunto cuál de todos esos gestos, repetidos —una y otra y otra vez—, es el auténtico culpable. Recalculo en mi mente. Unas partes del cuerpo dialogan con las otras. Las que quieren algo de una manera concreta deben ceder un poco a las necesidades de las otras partes que necesitan otras maneras, a fin de que todo el sistema se mantenga.

Durante los días que pasamos haciendo el Camino de Santiago a Muxía esas negociaciones entre una y otras partes del cuerpo se volvieron muy evidentes. Los cuádriceps conversando con los tobillos, éstos con los gemelos y a la vez con el cerebro, que los regañaba de vuelta, mientras soportaba el farfullar constante, irritante, de los hombros y sus estructuras, de la lumbar —y las suyas—, de los glúteos, los flexores de cadera…

A regañadientes, hubo acuerdos y, en consecuencia, caminamos —caminé—. Por momentos, disfrutando del paisaje y la conversación; por momentos, deseando llegar a destino, quitar las botas, encontrar una ducha de agua caliente, una mesa donde comer y beber, y una habitación en la que descansar para “cerrar la puerta y dejar fuera a la noche” hasta la llegada del siguiente día, que comenzaba, no obstante, aún en medio de la oscuridad, cuando todos los seres diurnos empiezan solo a desperezarse, y los nocturnos se disponen a su vez a refugiarse del sol que anuncia su llegada en un cielo cada vez menos opaco y más brillante.

Esa frase “cerrar la puerta y dejar fuera a la noche”, la escribe Tolkien al comienzo de La Comunidad del Anillo. Estoy leyendo de nuevo El Señor de los Anillos, y me está gustando mucho hacerlo ahora que tengo la experiencia del Camino tan reciente. Lo único que deseo es que esos hobbits lleguen por fin a un refugio donde encuentren una ducha de agua caliente, una mesa donde comer y beber —en abundancia, por favor—, y una habitación en la que descansar y “dejar fuera a la noche”.

Al caminar ocurre que el ánimo asciende y se eleva para luego descender y a veces hundirse más o menos en el terreno. Como ocurre con el sueño y la vigilia en esas noches pesadas que transcurren de manera abrupta, saltando de una imagen a otra. Les pasa a los hobbits y nos pasó a nosotros, aún sin estar expuestos a riesgos de la misma envergadura.

Se resiente el ánimo cuando se ve sorprendido por una sinuosa subida, o cuando se llevan andados muchos kilómetros y sabe que aún quedan otros tantos. En ocasiones la perspectiva produce enfado o frustración. Se camina entonces en silencio, y se corre el riesgo de pagarlo con el resto de compañeros y compañeras.

Un día en el que me levanté con el pie cambiado por haber pasado mala noche pensé que conocerse a una misma tiene que ver mucho con eso: identificar cómo se siente y comporta una misma en la incomodidad. Verse venir. Aprender a tratarse. E intentar no ser mezquina con el resto. En caso de serlo, ser capaz de reconocerse en ello, y disculparse si es preciso. Pero dejarse también un poco en paz, no darse mucha importancia, ser benévola y decirse “bueno, ya se me pasará”. Lo mismo cuando se está del otro lado.

Estar bien con una misma cuando nos sentimos bien es más o menos sencillo, pero no tanto cuando nos inundan pensamientos feos, bucles repetitivos de lo mismo —una y otra y otra vez—; o cuando estamos cansadas, doloridas o hambrientas. Y aprender a tratarse en esos momentos es el gran meollo de ese “conocerse a una misma”, para que estar con una misma —nosotras con nosotras mismas, pero también otras personas con nosotras—, no se convierta en un calvario.

Ese día me avergoncé, fue unas horas más tarde, cuando ya con el sol bien alto en el cielo atravesábamos un bonito y verde valle entre montes. No hacía excesivo calor, el río surcaba a nuestra izquierda, tranquilo, y el camino fluía suave, bordeado de pinos, que exudaban un aroma refrescante y revitalizante. Era uno de esos paisajes que animan el ánimo, y en ese momento pude reírme un poco de mí misma, de la yo que unas horas antes cansada, dolorida y somnolienta se sentía enfurruñada e incluso ofendida por la alegría de los demás.

Por suerte, al ánimo se refuerza también al caminar, cuando se supera una subida y se siente una orgullosa del esfuerzo realizado, o se descubren bonitas vistas en lo alto de una colina; cuando el camino desciende y parece que la carga de la mochila se aligera; cuando se realiza una parada para comer y beber algo fresquito; también se alegra cantando, algo que Tolkien recuerda a menudo.

Además, si es cierto que el ánimo se puede ver por momentos afectado negativamente, caminar genera casi por seguro un tipo de pensamiento capaz de aniquilar a esos otros demonios más molestos y amenazantes: los de la mente, que no encuentran lugar para crecer al ritmo de las pisadas, del cambio de paisaje —y de tanto debate entra unas y otras partes del cuerpo—. Cansados, se retiran por un rato.

El ánimo se anima también, claro, cuando se llega al destino de cada día y el día siguiente parece lejano. En ese momento en el que sonreímos satisfechas por el esfuerzo, y nos quitamos las botas, y nos damos una ducha de agua caliente, y nos sentamos a la mesa a comer y a beber y a compartir las impresiones del día, para, más tarde, encontrar una habitación en la que poder “cerrar la puerta y dejar fuera a la noche”, cayendo, con suerte, en un sueño profundo, de esos que no dejan impresión, ni recuerdo.

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